domingo, 27 de noviembre de 2011

EL NIÑO DE LOS TROMPOS

Cuento

ANOCHE SOÑÉ QUE VOLVÍA AL CALLAO

Hugo,Ramírez Alcocer                                                                                                            

 Barcelona (España)

 Con mucho cariño a los niños de mi pueblo


     Anoche soñé que volvía a mi pueblo, al primer puerto del Perú, al Callao, a la Provincia Constitucional del Callao. En él, afloraban con nostalgia sus callejones con ambiente jaranero, sus rincones culinarios, el señor del mar en procesión recorriendo sus calles amigas en medio de incienso y mirra.Volvía después de muchos años a pisar su suelo, a sentir el aliento de los amigos que envejecían y a respirar su aire, mientras su húmeda brisa marina, corroía el hierro de las embarcaciones ancladas en su puerto…

   También el Océano Pacífico bañando sus playas: la Punta, Cantolao, Chucuito, la Arenilla. Sobre todo, la Mar Brava con sus grandes olas que venían para golpear con fuerza sobre la playa, y recordarme cómo trepábamos sobre sus piedras, que formaban largos montículos, para ponernos a salvo de sus garras. Hasta allí arriba llegaban, salpicando el agua salada que nos caía como lluvia empapándonos, para regresar deprisa mientras nosotros volvíamos tras de ellas tirándoles piedras, requintándolas, toreándolas. Así, el agua marina, retrocedía agitada para volver al rato con más fuerza y lanzarnos sus amenazantes resacas que lográbamos sortear. Después de apedrearlas y mofarnos de ellas, sus aguas se tornaban mansas cual gacelas y nos poníamos a jugar haciendo rebotar las piedras sobre su superficie; era el momento en que nos poníamos a buscar las piedras más hermosas que nos traían sus aguas en su enfurecido vaivén.   

    Cargados de piedras, regresábamos a casa cuando el ocaso nos advertía de que la noche estaba próxima. Entonces, nuestra hermana seleccionaba las más bonitas y las ponía en el acuario para los peces. Algunas eran planas, coloreadas y brillantes, también plateadas, ovaladas y negras con círculos verdes y amarillos en su entorno.

     La Mar Brava: era una mar, como lo dice su nombre, ¡brava!; pero más que eso, era traicionera, de repente estaba mansa y te confiabas, pero al momento se ponía agresiva. Pensábamos que era así por lo malo que éramos matando los patillos con nuestras hondas. Todo por el hecho de divertirnos y medir nuestras punterías. Cuando lo arrastró a Jano, a las profundidades dejamos de frecuentarla. Jano era un buen amigo de infancia, un hermano más que entraba y salía de casa como cualquiera de nosotros, que abría la refrigeradora y comía como quien más de la familia, paraba en casa más que en la suya, creo que estaba templado de nuestra hermana. Esa tarde, lo estoy viendo como en mi sueño, salimos juntos después de almorzar; íbamos con nuestras toallas para hacer la digestión tumbados a la orilla de la fresca brisa de la mar brava.

      Sí, esa tarde que se ha prolongado toda una vida, ahora aparece en mi imaginación: Jano y Francisco debajo de la ola, corrieron y lograron salir de su garganta y sortear la primera resaca con éxito; en la segunda, Francisco se puso a salvo, pero no Jano que fue cogido, no obstante, logró vencerla. Cansado, con la mano hacia delante, pedía que se la cogiéramos, hasta una sonrisa de satisfacción nos mostró cuando lo hicimos; pero de pronto, inesperadamente, se creó una tercera resaca que fue por él y nos lo arrebató de las manos haciéndolo desaparecer en segundos. Éramos unos niños y en nuestra inocencia creíamos que la mar brava se lo llevó a Jano porque era el que más patillos había matado, en el aire los cogía con su honda y se regocijaba viéndolos caer en picada sobre el agua.

      A los pocos días de su desaparición volvimos a la mar brava, estaba agitada, sus olas reventaban más cerca de la playa y sus aguas llegaban azotando contra las paredes arcillosas de los muros desgajándolas. Como una lengua se había tragado los montículos de piedra, no quedaba ninguno. Por las pendientes subían sin poder alcanzarnos, la teníamos a nuestros pies viendo como se esforzaban para llegar a la cima, y como regresaban frustras. Allí, a lo lejos, nos quedamos contemplando a que se calmaran a ver si un milagro hacia salir a nuestro amigo de sus entrañas, pero nada, nunca más le volvimos a ver, una y otra vez volvíamos y lo único que devolvían eran las piedras formando nuevos montículos.

     Han pasado muchos años y aún recuerdo, después de este sueño, a mi Callao querido. Lo imagino sumergido, con el horizonte marino muy por arriba de sus calles, de sus casas; esperando cuándo será engullido por la mar brava; pero no, allí impertérrito permanece erguido y desafiante.

Noviembre 2006


RESUMEN DE EL TROMPO DE JOSE DIEZ CANSECO




El tesoro del protagonista del relato es un trompo, hermoso y pulido, hecho de naranjo al cual le había adaptado un clavo filoso y brillante como las espuelas de los gallos de pelea de su criadero.


Aquel trompo era el orgullo de “chupitos”, y los muchachos de la cuadra lo sabían, sobre todo Carmona el líder de la gallada , quien lo retó taimado a la “cocina”, “ un juego que consiste en ir empujando al trompo contrario hasta meterlo dentro de un círculo, donde el perdedor tiene que entregar el trompo cocinado a quien tuvo la habilidad rastrera de saberlo empujar”.


El fuerte de “chupitos” eran los “quiñes”, muchas veces su pulido trompo de naranja y afilada punta había abierto en dos a su contrario y é l nunca se permitió una burla.
Apenas la sonrisa presuntuosa que delataba el orgullo de su sabiduría en el juego.


Ahora retado a ese juego zafio de empujones, quedaba en desventaja ante Glicerio Carmona
El jefe, quien imponía, a la “cocina” a su contendor porque estaba seguro de ganar en ese campo infame, sin gallardía de destreza, sin arrogancia de fuerza, como anota el narrador, que en tercera persona recrea el lance que hirió con certera estocada el orgullo de zambo en el momento que su tesoro estaba encerrado en el círculo que lo condujo a las manos codiciosas de Carmona.


La pérdida del trompo sirve al narrador de puente perfecto para retroceder a la vida de “chupitos” y adentrarse en la intimidad de su casa el día de su nacimiento en el callejón de Nuestra Señora del Perpetua socorro. En aquella fecha un incendio por poco arrasa las casuchas, debiendo Aurora su madre, salir en brazos de Demetrio su padre, recién parida como estaba, para no ser consumida por las llamas. Una hermana del papá había sacado al chiquillo medio envuelto en una sabana.


Después, ante el temor de lo que el susto hubiese podido causarle la leche depositada en los senos de Aurora, “chupitos” había sido entregado a una vecina para que lo alimentara. De este modo se había iniciado la vida del zambo que, no transcurrido mucho tiempo sufriría un revés todavía peor. Aurora “zamba engreída había salido un poco volantusa y le era infiel a Demetrio, su marido.
Uno de los días en que regresó tarde del mercado, cae en la cuenca de que no puede continuar engañando a Demetrio y aprovechando que él sale en busca de una amiga de la mujer (Juana rosa) con quien ella dijo haber estado hablando, Aurora recoge alguna ropa y huye dejando a su hijo, aún muy pequeño, sumido en el pánico y el llanto.


Con la certeza de haber sido burlado, Demetrio regresa en busca de Aurora para cobrarle con violencia su afrenta, pero solo encuentra al lloroso zambo que desde la oscuridad le responde se fue, papacito.
La venganza de Demetrio Velásquez no ocurrió aquella noche, pero si algunos días después, y aquel acto de hombre ofendido que apalea una buena ley a quienes lo burlaron, lo lleva a la cárcel.


Según se desprende del relato, Aurora muere a causa de los golpes recibidos y quien pago el pato fue el pobre “chupitos” que se quedo sin madre y con el padre preso, mal consolado por la hospitalidad de la tía, la hermana de Demetrio, que todo el día no hacía si no hablar de Aurora.
El lance entre “chupitos” y Carmona sirve al narrador para presentar el conflicto paralelo de la infidelidad de aurora y las funestas consecuencias del engaño.


La marga experiencia de su familia deja en el zambo una enseñanza: “mujeres con quiñes como si fueran trompos, ¡ni de vainas¡ luego los trompos debían tener quiñes…No , nada de lo que el hombre posee, mujer o trompo -juguetes- podía estar maculado como nadie ni nada.


Esta visión machista del mundo , explica la actitud del niño, que al igual que su padre lo hiciera con su mujer y el amante , fraguó su vergüenza contra Carmona.
Con tres reales pedidos con vehemencia a Demetrio compro un trompo nuevo, lo pulió como al perdido y lo armó con un clavo filoso que le hizo sangrar la palma de la mano al momento de la prueba. Con sagacidad consiguió que Carmona aceptara jugar a los “quiñes”:”el trompo que ahora tenia Carmona, el trompo que antes había sido de “chupitos” se chanto ignominiosamente: en sus manos jamás se habría chantado! Y allí estaba, entupido e inerte, esperando que las púas de los otros trompos se cebaran en su noble madera de naranjo. Su nuevo juguete se encargo de abrir en dos el vientre de su antiguo orgullo.


No seria para el ni para nadie: ¡los trompos con quiñes, como las mujeres, ni de vainas! Al final, el zambo abandona ambos trompos, el nuevo y reluciente instrumento de su vergüenza que era preciso eliminar. la narración de el trompo esta matizada con giros del habla local de Lima, que dan al encuentro un sabor y un ritmo particulares. Ambos conflictos, el del niño y el del padre, se resuelven de modo radical, pero no abrupto. la solución es premeditada así en principio la ira dominase los actos iniciales: era preferible perder definitivamente trompo y mujer, que conservarlos llevando el lastre de la vergüenza sobre las espaldas varoniles.


Cuando “chupitos” abandona los dos trompos sobre la arena en la que en la que había lavado su honor, deja también atrás la infancia. comienza a hacerse hombre entendiéndolo que pare bien o para mal le enseñase su padre con actos, mas que con palabras. Podría decirse que el niño asume una manera de ser hombre, la que le ofrece el espejo paterno, macho honorable que lava con sangre la burla a su hombría. El zambo reproduce un modelo , repite la historia y va aprendiendo a luchar solo a enfrentarse a sus propios conflictos, a resolverlos sin ayuda de nadie , solo por la sutileza de su ingenio criollo o por la pujanza viril de sus puños palomillas .


El lance del trompo no es más que una metáfora de la vida; una vida regida por una ley que no es siempre justicia. Así como la zamba Aurora no seria mas ya de Demetrio, nunca seria el suyo (de “chupitos”) ese trompo malamente estropeado ahora por la ley del juego que tanto se parece a la ley de la vida.


Cabe resaltar en este relato, no solo el valor estético de una escritura definida y depurada, sino la penetración del espíritu de sus personajes y la perfecta asimilación del alma infantil encarnada por el protagonista de una historia cuya interpretación el lector debe desentrañar a partir de sus propios elementos. Diez Canseco es uno de los más criollos escritores peruanos. En su obra se reúnen vivacidad, malicia e ingenio para mostrar con sardónicos visos a una sociedad limeña inconciente y descontextualizada.

El niño de los trompos

 por en fecha en

1976 se moría rápidamente rodeado de fiestas navideñas, dispendio y jolgorio. El bacanal del 31 de diciembre llegó sin pudores ni vergüenzas exhibiendo las faldas alzadas en medio de la carencia y la estrechez un San Carlos tan igual como el más igual de los barrios de clase media en Santo Domingo.
El juguete de moda aquella Navidad era el trompo. Infinidad de colores y formas adornaban aquella madera de baitoa o de guayaba torneada con artesano cuidado para conseguir la forma de gota de agua que bailaba sobre una punta de metal, como querría más tarde el famoso Musiquito cuando pedía ver la lluvia lloviendo de abajo para arriba.
Julián recibió el nuevo año jugando, como ya lo hacía desde el día de Navidad, con su colorido trompo azul turquesa que el Niño Jesús le había dejado sin esperar agradecimientos debajo de un árbol de pino plástico con luces de colores intermitentes. Esa fue toda su Navidad, su único regalo, un modesto trompo con punta de clavo de acero y gangorra gruesa, que bailaba equilibrado por largo tiempo taladrando suavemente la tarvia de la 16 de agosto frente a la iglesia.
Julián también era un niño igual al más igual de los niños de aquél San Carlos lleno de calles estrechas y carencias aún más estrechas. Como sólo tenía ese nuevo juguete, en pocos días ya era un experto acróbata y podía poner a bailar su trompo azul turquesa con precisión y tino donde quisiera. Se ponía retos y buscaba la forma de hacer nuevos trucos todo el tiempo. En eso, un amiguito pasó por su lado con un trompo rojo en las manos.
—Juan José, ¿y ese trompo?
—Mío de Navidad.
—¿Y sabes bailarlo?
—Sí, claro.
—¡A que no baila más que el mío!
El reto infantil picó al niño y quiso demostrarle a Julián que no era el único que podía hacer bailar en fervorosa trayectoria un pedazo de madera de colores, y ambos infantes lanzaron sus pupilos en consonancia y ganando Julián cómodamente la pequeña apuesta.
—¡Ahora los voy a bailar los dos! –dijo con aire de trompólogo consumado.
¡Y así lo hizo! El trompo azul turquesa y el trompo rojo, bailando uno junto al otro y jugando “un pellizquito y mandarse a juir” cada vez que se acercaban demasiado. Pero el evento de inmediato trajo más curiosos que formaron un círculo alrededor de los dos gladiadores de colores. Y muchos niños, que también tenían trompos, también quisieron participar.
—¡Yo también sé bailar mi trompo! –se animó otro de los chicuelos y lanzó su trompo con poco éxito y provocando las risas de Julián y los demás amiguitos.
—Dame acá, yo sé hacerlo. –dijo Julián y bailó el tercer trompo junto a los dos primeros. Y así, de repente, la plaza de la iglesia se vio preñada de trompos, todos bailados por Julián quien seguía siendo el que mejor dominaba el arte.
Más y más niños de los alrededores se acercaban y Julián, ya mecánicamente, les tomaba los trompos y los ponía a bailar. —Dámelo, yo lo bailo mejor que tú. —decía sin mirar al dueño y sin saber si realmente era cierta su osada afirmación.
Ocho, nueve, diez trompos girando rápidamente, chocando unos con otros. El de Julián, el azul turquesa, empezó a dar traspiés y se detuvo. Segundos después, el rojo de Juan José también rodó derribando a la vez dos trompos más. Julián, frenético, se lanzó sobre ellos, enrolló la gangorra en cada uno y los puso de nuevo a bailar. Ocho otra vez, nueve con el de Juan José, diez, once, doce… y otros amiguitos llegaban y sin mediar palabra Julián se adueñaba de cada uno, mientras sudaba a pesar de la brisa de enero que arropaba el lugar. Trece, catorce, y Julián ya no hablaba con nadie, estaba concentrado totalmente en cada uno de los trompos a medida que chocaban, bailaban, se desaceleraban y caían. Trece, doce, once, diez, empezaban a caer los trompos y Julián estaba frenético enrollando la gangorra mecánicamente mientras la sangre se agolpaba en la punta de su dedo índice que estaba prisionero por el nudo cada vez más intenso.
El décimo trompo se tambaleaba. Era amarillo y tenía un enigmático sinfín que envolvía a quien lo mirara fijamente. Era el de Arturo, regalo de su padre, aunque él pensaba que era, como todos, un regalo del niñito Jesús. Lo miraba atentamente y cuando notó que estaba a punto de detenerse, avanzó dos pasos para tomarlo y bailarlo de nuevo.
—¡Déjalo! ¡Es mío! –gruñó Julián mientras se abalanzaba sobre el juguete empujando a Arturo, y así lo relanzaba y subía la cuenta una vez más. Diez, once… doce, trece, catorce… casi todos los niños de San Carlos estaban en la plaza de la iglesia y Julián sudaba abiertamente mientras mantenía los trompos en movimiento. Quince, dieciséis… quince otra vez, y de nuevo dieciséis, diecisiete, dieciocho. Más trompos, de todos los colores, tamaños y formas, caían en las manos cansadas de Julián pero igual los ponía a bailar.
Y el niño estaba frenético, sin perder detalle alguno de cada uno de los trompos, siguiendo con la mirada todos los bailarines y calculando cada detalle de sus movimientos, previendo cuándo iban a empezar a caer para agarrarlos antes. Diecinueve… veinte… y el dedo índice de su mano derecha sangraba por la llaga que le abría la gangorra encarnándose en la piel, pero Julián ni cuenta se daba.
Veinitiuno… Julián resoplaba por el esfuerzo pero no se detenía. Veintidós y un trompo que descuidó se detuvo tumbando cinco más para poner la cuenta en dieciséis mientras Julián gritaba de furia por el error cometido y volvía con frenesí a subir la cuenta de los trompos bailando, sin reparar en que con cada lance, junto al trompo giraba la ensangrentada gangorra y su dedo seguía manando el líquido carmesí.
Diecisiete… dieciocho. Jadeaba el niño pero no descuidaba nada. Diecinueve… veinte… veintiuno, veintidós… ¡y veintitrés! Ya no habían más trompos, ni más niños en San Carlos. Y Julián cayó de rodillas mientras uno a uno fueron deteniéndose los trompos, y se desplomó el trompólogo en medio de ellos. Un pequeño charco de sangre latía en su dedo índice, zambullendo la gangorra. Al final de todos, el trompo azul turquesa permanecía en pie, impasible ante los ojos de Julián, hasta que cayó girando mientras el niño de ochenta y tantos años apagaba la mirada, apagaba la vida y apagaba todas las vidas que intentó manejar a lo largo de su existencia como trompos ajenos que clamaba como propios.
Juan José tomó su trompo, lo mismo que Ernesto, Esteban y Moisés, Después Milton, Arturo y todos los demás niños de San Carlos, uno por uno, por fin tomaron sus vidas en sus propias manos y pudieron vivirla y bailarla sin dejar que nadie más quisiera controlarlos. Y Julián se murió bailando otras vidas, sin darse cuenta de que sólo su trompo azul turquesa era el imprescindible.